Eres como el humo del tabaco en una habitación mal ventilada; como una enfermedad contagiosa infectando mis recuerdos; como un método de tortura de la época medieval, lento pero constante, doloroso y letal; como las obras de al lado a las 7 de la mañana; como la lluvia que cae justo cuando estás en la calle sin paraguas que para cuando te pones a cubierto; como el sol, directo en los ojos, cegándote, cuando levantas la vista; como cuando se acaba el agua caliente en mitad de la ducha y te toca aclararte con agua, más que fría, helada.
Eres el egocentrismo personificado cargado de celos y disfrazado bajo una capa de caramelo, brillantina y generosidad. Pero a mí, a nosotros, los que te sufrimos a diario, ya no nos engañas.
¿No querías ser importante para mí? Pues alégrate, ya lo eres: eres una de las pocas personas -si no la única- que ha logrado acabar con mi paciencia y hacerme sentir así...
No te soporto. Te odio. Pero en el fondo, me das pena.
Y te odio más aún ahora, por afectarme tanto como para dedicarte este espacio y estas palabras... Por afectarme tanto como para plantearme cambiar de vida sólo por olvidarte, a ti, que no eres nadie pero me estás hundiendo en esta espiral de hastío, frustración, ira, desesperación y angustia.
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